viernes, 4 de agosto de 2017

sábado, 8 de julio de 2017

Crítica de la llamada economía social considerada como fin en sí mismo


La liebre y el gato

Hoy en día, cuando el capitalismo ha vuelto obsoleta a la mayor parte de la población planetaria y su aparato militar la puede borrar del mapa cuando quiera, es más revolucionario saber fabricar pan, que saber manejar un arma. Para defenderse de la catástrofe, hay que sobrevivir, por lo que las experiencias autogestionarias dentro del sistema, sea cual sea su resultado, tienen una relevancia estratégica y propagandística que jamás antes habían tenido. Nada me resultaría más grato que contribuir con conocimientos históricos a un programa de emancipación social apoyado en tales experimentos, reflejo de una voluntad de vida sin condicionantes y un admirable amor por la libertad. Sin embargo, la mayoría de las veces los medios empleados en los proyectos no parecen estar en consonancia con los fines que se suelen proclamar. Hay un desfase entre unos y otros que indica un grado de desconexión preocupante con la realidad, al que un lenguaje posmoderno no hace sino resaltar. Habría que liarse a correazos cada vez que sonaran palabrotas como “empoderamiento”, “ciudadanía”, “caja de herramientas”, “dialogicidad”, “deconstrucción” o “poscapitalismo”. La ideología seudoautogestionista usa su propia jerga para dirigir la voluntad de vivir de otra manera hacia la resignación. La facilidad con que la falsa conciencia parasita y limita el horizonte de los ensayos de autonomía me obliga a apartarme de mis intenciones iniciales, pues alguien tiene que avisar del peligro que comporta una interpretación estúpidamente entusiasta y glorificadora de hechos aislados sin tener en cuenta el conflicto social y político en el que éstos ha de insertarse. El gueto autocomplaciente no es la utopía. El gato no es la liebre.

Bakunin confesaba ser un amante de la verdad y un enemigo declarado de los fetiches ideológicos como la patria, la clase, la política, el Estado o el socialismo “científico”. Hoy, ese amor y ese odio serían un buen comienzo, cuando el orden reina sin réplica y la pasión irrefrenable por la confusión y el autoengaño dominan por doquier. Estamos en una sociedad de consumo, masificada, digitalizada y globalizada. Es una sociedad del espectáculo, dentro de una realidad invertida, fruto de la separación insalvable entre las masas dirigidas, confinadas en su vida privada o en un activismo inocuo, y las minorías dirigentes, instaladas en los aparatos del poder. Las masas, acostumbradas a un modo de vida artificial tutelado y horrorizadas ante la amenaza de exclusión, están más que dispuestas a someterse, a creer verdaderos todos los espejismos y a conformarse con cualquier sucedáneo. La esclavitud, bajo las apariencias de la libertad, es más llevadera. El sistema dominante se ha sofisticado con el desarrollo tecnológico y se puede permitir unas reglas del juego flexibles, claro está, siempre que sus intereses no resulten lesionados. Incluso, si todo va bien, es capaz de tolerar la presencia de zonas relativamente autónomas en lugares discretos donde las ideas de liberación puedan materializarse, eso sí, sin rebasar determinados límites que los propios implicados no dudarán en autoimponerse. Lo peor no es que vivamos en una sociedad de masas alienadas, sino que esa sociedad no tenga frente a ella una alternativa real convincente para la mayoría. Signo inequívoco de que la dominación ha penetrado hasta el fondo de las conciencias, y de que su triunfo no sólo es aplaudido por la clase dominante, sino por la “ciudadanía” o como antes se decía, “la sociedad civil”, es decir, por la multitud pasiva de votantes sujeta al Estado.

No obstante, el éxito de la dominación nunca es absoluto. Pero aunque no pueda disimular las crisis que su desarrollismo desbocado no cesa de producir, el sistema de la clase dominante puede paliar sus efectos alimentando una protesta amañada, pacífista e institucional por supuesto, que encauce con mano izquierda cualquier clase de malestar. La dominación, a pesar del estado de descomposición en el que se encuentra, tiene una ventaja estratégica importante: enfrente, las fuerzas son menguadas y el terreno que pisan se ha vuelto estéril para las ideas. Ha conseguido que sus contradicciones no se traduzcan en conciencia antagonista, y que muchísimos la consideren parte de la solución. Un montón de intelectuales y activistas trabajan gratis y a destajo en pro de una domesticación alternativa, un alterconformismo, con el objeto de que jamás cristalice en los conflictos una crítica coherente de la dominación que, revelando su verdad, ayude a conformar un sujeto revolucionario. No lo hacen por maldad, sino por vocación de servir. La batalla contra los ideólogos y sus expectativas adormecedoras tendría que ser forzosamente la primera en librarse. A pesar de todo, no se puede hacer gran cosa cuando la servidumbre voluntaria es la norma; a lo sumo, propaganda de las ideas, bien a través de medios de comunicación paralelos, bien por el ejemplo de realizaciones parciales, y por desgracia, ese también es el terreno de los recuperadores. Hay que situar correctamente el momento y explicarlo en términos de lucha social en el tiempo, o sea en la historia. Hay que separar el grano de una experiencia constructiva, de una movilización o de un sabotaje, de la paja de un discurso mistificador, de un informe técnico o de un trámite jurídico. Igual que cuando las abejas acuden el panal, apenas la protesta despunta enfrentándose a los hechos, la monserga capituladora se apresta a confeccionar proyectos de supervivencia, recoger firmas, suplicar entrevistas con las autoridades y pedir subvenciones. En el lenguaje de la obediencia disfrazada, la genuflexión diplomática es el punto culminante de la lucha, y el empantanamiento procesal es la victoria. Nunca se hablará más de soberanía popular, de autonomía, de autogestión, de contrapoder, de utopía, etc., que cuando la realidad sea precisamente la opuesta.

El mundo esclavo de la mercancía es mayoritariamente urbano, en guerra con su entorno y sus pobladores. Así lo atestigua la urbanización desbocada, la motorización general, la industria agroalimentaria, la contaminación, el cambio climático, la desigualdad creciente y las guerras por los recursos que se acaban. Un mundo libre ha de ser exactamente lo contrario, eminentemente rural, aunque no hostil a la ciudad autogobernable, reducida a dimensiones humanas. Ese mundo nuevo nacerá de la guerra contra el viejo. Actualmente, en pleno desequilibrio entre naturaleza y civilización, inmersa la humanidad en una crisis ecológica sin fin, ni el campo, ni la metrópolis son espacios donde la libertad pueda ser posible. La libertad la entendemos como producto de la correspondencia directa entre las palabras y los hechos, algo que no puede ser posible sin la abolición previa de todas las instituciones. Lo rural y lo asfaltado no se rigen por otras reglas que las de la economía, ni albergan instituciones que representen otra cosa que su dominio, siempre real y profundo. La misma vida indigna y antinatural se lleva en cualquier parte. Es evidente que la salida del capitalismo será un movimiento revolucionario o no será nada. Movimiento a la vez destructivo y constructivo. Un proceso desurbanizador y desestatizador donde la desproletarización implicará un tipo de asentamiento cualitativamente diferente al del presente, económicamente autogestionado y políticamente autogobernado. Asimismo, tras una lucha dura, con arduos combates, el campo será desindustrializado y colectivizado. Podemos hacernos una idea con rememorar figuras del pasado: juntas vecinales, concejos, bienes comunales, derecho consuetudinario, campos abiertos, ágora ciudadana, huertos urbanos, barriadas populares, consejos obreros, etc., etc. Sin embargo, no se trata de un retorno, sino de una evocación. La inspiración puede buscarse en épocas precapitalistas o de capitalismo incipiente, pero la poesía debe surgir del presente.

El anarquismo fue un ideario práctico nacido en una época revolucionaria, con una clase obrera dispuesta a cambiar el mundo de arriba abajo y de la circunferencia al centro. Como metáfora genérica podríamos decir que si el pensamiento no huele a pólvora, no es anarquismo. Cada vez que se han dado condiciones revolucionarias, el anarquismo ha sido fructífero. Pero ni la época actual es proclive a las revoluciones, ni son revolucionarias las intenciones de los asalariados modernos. Los trabajadores desclasados por el consumismo no sueñan con sindicatos únicos, comités de fábrica o consejos obreros. Más bien lo contrario; en los países ultracapitalistas la clase media asalariada es quien ha tomado la iniciativa, comunicando su filisteismo a toda la población explotada. Ni la actividad contestataria, ni la disidencia, escapan a la mentalidad mesocrática -ambivalente, oportunista y precavida- que está presente en todas partes; pretendidos rebeldes se convencen con facilidad de que se pueden obtenerse cambios sociales de consideración sin necesidad de combatir, y, por consiguiente, sin correr riesgos. Será suficiente con una serie de mediaciones jurídicas, políticas, sindicales y económicas. Habitualmente, en los medios libertarios, tal manera de pensar y actuar encontró su sitio en el sindicalismo de concertación, pero dada la relevancia cada vez menor de los sindicatos y la conflictividad laboral, ahora se inclina hacia la “economía social”, eso que los dirigentes mundiales llaman desde hace tiempo “tercer sector”. No es ésta una economía ajena al orden establecido; su función consiste en administrar la exclusión y convertirla, si no en un negocio rentable, al menos en un gueto controlado y pacificado. La fuerza de trabajo que el mercado no necesita puede gestionarse colectivamente sin problemas mediante fórmulas cooperativas legales, financiadas con capitales del primer sector (la empresa, la banca, los particulares) o del segundo (el Estado, los fondos europeos, las administraciones menores). De preferencia, con la mediación de una nueva casta político-funcionarial que orienta y administra la marginación. La pregunta que habría de hacerse es la siguiente: desde la autogestión de la miseria, la única salida para cada vez más gente, ¿podemos lograr una sociedad libre sin jamás enfrentarnos con el orden?.

El discurso economicista de la lumpenburguesía posmoderna es ingenuamente triunfalista y embarullado. Abunda la propaganda trompetera del ICEA, SAT, CIC y otras hierbas edulcorantes. Hace malabarismos con la historia, amalgamando de la forma más gratuita realidades descontextualizadas y valorándolas positivamente de la forma más absoluta: las cooperativas de Lanark, las de Mondragón, el banco de crédito proudhoniano, las colectividades de la guerra civil, la autogestión yugoeslava, los piqueteros argentinos, Marinaleda, las cestas de los grupos de consumo, los bancos de tiempo, etc. Son como epifanías particulares de un mismo fenómeno universal, que sucede circularmente en cualquier momento y lugar. La susodicha “narración” cobró fuerzas tras el 15M modelo Madrid, fecha capital de la ideología ciudadanista y primera respuesta autónoma a la crisis de los jóvenes sin futuro de la clase media. El aspecto antieconómico de cualquier plan revolucionario representado la gratuidad, el don, el regalo, la fiesta y el potlach, está completamente ausente en la oratoria ciudadanista. Ésta asegura que una nueva sociedad es posible sin necesidad de cambios radicales como la erradicación del turismo, la supresión del dinero o la abolición del mercado, ni de revoluciones violentas. Habiéndose vuelto insoportable la vida en las conurbaciones, basta con la progresiva y pacífica vuelta al campo de individuos, familias y colectivos para que, gracias a internet y a la aplicación gradual de recetas cooperativistas, conseguir en un plazo razonable una sociedad autogestionada. La revolución ha sido relegada al museo; ya no se trata de destruir el capitalismo, sino de “trascenderlo”.

Veremos cómo se efectúa la “trascendencia.” De movilizaciones, las menos. Se supone que una economía social es posible en el seno de la otra, la capitalista, y que gracias a sus bondades, la primera, la que interesa al 99% de la gente, acabará desplazando a la segunda, la del 1%, que humildemente aceptará su obsolescencia. La ocupación de tierras, a pesar del caso de Fraguas (Guadalajara), un malentendido sin duda, colaboraría con los planes de ordenación territorial que cuentan con el respaldo de la Delegación del Medio Ambiente del gobierno respectivo. La sobreexplotación de acuíferos por culpa del cultivo superintensivo hallaría una solución satisfactoria para el ecosistema y los cultivos tradicionales, aunque este no parece ser el caso del municipio de Tabernas (Almería) y de su río Aguas. El desarrollismo y el decrecentismo convivirían disputándose pacíficamente espacios, como en un tablero del Palé, suponemos que haciendo la vista gorda a las incineradoras urbanas, a las térmicas, a las macrocárceles, a las minas de uranio, a los tendidos de alta tensión, a las autopistas y a las centrales eólicas. La misma lógica gobernaría en la educación, la sanidad, la justicia, los medios de comunicación y la cultura: las prácticas alternativas se codearían con las mercantiles, y como se solía decir, aquí paz y después gloria.

Para los tartufos políticos y economistas de la clase media ciudadana, una sociedad autogestionada, convivencial, frugal y saludable, subsistiría durante un periodo de tiempo más o menos largo dentro de una economía turbocapitalista, competitiva, hiperurbanizada, policial, enferma y consumista, puesto que la transición desde la marginalidad al convivencialismo generalizado no habría de ser para nada rompedora, o dicho con claridad, revolucionaria. Caminamos hacia el “poscapitalismo”, no hacia el comunismo revolucionario. Al miserable euro no le quedaría más remedio que intercambiarse con las monedillas de trueque o los cheques de tiempo. Pero ¿qué pasa con el Estado? El Estado, en manos de la “ciudadanía empoderada”, procuraría que la transición discurriera como los partos con epidural, sin dolor. La neutralidad de las instituciones se da tan por sentada como la disposición de las multinacionales a retirarse de la escena. La política no se cuestiona en absoluto. Reivindicaciones como la renta básica, la moratoria de la deuda, los servicios sociales sin recortes y el fomento del trabajo autónomo, dependen del Estado y son pilares básicos de una economía social como dios manda, es decir, como una forma pobre de “estado del bienestar”. No sorprende que las simpatías por la política socialkeynesiana tipo Podemos, Mareas, En Comú, la CUP, Compromís o Bildu, abunden en el gueto decrecentista y cooperativo. El ciudadanismo político, partidario de una cierta regulación estatal del mercado, es el complemento necesario en la larga marcha al “poscapitalismo”, un estadio de gracia trascendente donde los gatos y las liebres son indistinguibles.

Si las especulaciones ideológicas de los ciudadanistas parecen el cuento de la lechera, es debido a que la crisis prolongada del capitalismo ha deteriorado tanto las subjetividades que los fantasmas de la telerrealidad circulan como moneda corriente por el imaginario atrozmente empobrecido de las clases medias. Pero no se puede ser tonto todo el tiempo; incluso para un individuo crédulo y cándido no será complicado darse cuenta de que cooperativas no equivale a autogestión. La forma no es el contenido. Tampoco la contingencia es el concepto: plantar huertos no es lo mismo que soberanía alimentaria. Asambleas no es igual a debate libre, ni desurbanizar significa cambiar de domicilio. No se superan los antagonismos con fórmulas, catecismos o letanías por mucha voluntad que se ponga. En realidad, por encima de los tópicos ¿se está hablando de salir del capitalismo o de ocupar sus márgenes? ¿De repoblar el territorio o de hacerse un hueco entre las infraestructuras, la propiedad privada y la industria del ocio? ¿De arrebatar espacios al mercado o de sobrevivir en lugares yermos? ¿De suprimir los efectos de la exclusión o de acabar con sus causas? ¿De administrar la catástrofe o de suprimirla? ¿De entrar en el jodido y trascendente poscapitalismo o de instaurar el comunismo libertario?

El retorno al campo y el desmantelamiento de la conurbación son dos aspectos inseparables de la lucha contra el Capital y el Estado. Las experiencias de ruralización solamente sirven a la causa de la libertad en tanto que ejemplos de convivencia revolucionaria y defensa del territorio. No son fines en sí mismos. Según cómo se planteen, son una inestimable ayuda para el sistema, puesto que reintroducen en la economía de mercado a sectores desahuciados por éste. Acabar con el capitalismo es otra cosa. Implica una segregación importante de población, un espacio autónomo extenso, una comunidad de lucha numerosa y una voluntad de combate determinada. Y por encima de todo, implica incompatibilidad, riesgo, enfrentamiento, violencia. Todo lo que la clase media friki no quiere. El objetivo no pasa por construir un sistema con ribetes libertarios al lado de otro explotador, sino en agrupar fuerzas para abolir la explotación. El final de la opresión no vendrá como consecuencia de una combinación económica que garantice una supervivencia tranquila y un diálogo constructivo de mediadores políticos y jurídicos con la clase dirigente, sino de una guerra victoriosa contra las fuerzas opresoras. Quien diga lo contrario, está mintiendo como un bellaco.


Charla en las Jornadas de Crítica Social en La Querida, Rodasviejas (Salamanca), 27 de mayo de 2017.




lunes, 3 de julio de 2017

"Vivir a coste cero" en El Día de Segovia



En la revista semanal El Dia de Segovia han publicado un reportaje sobre nuestro proyecto en Vellosillo. Adjuntamos un enlace con la versión digital del periódico en papel. Portada y páginas 36 a 38.



martes, 20 de junio de 2017

La industria del caballo como vector de una economía sostenible en el nordeste de Segovia




El pueblo de Vellosillo ha vuelto a convertirse este año en el centro neurálgico del mundo de caballo en el nordeste de Segovia, con la celebración de la Fiesta del Caballo este sábado. Se trata de la segunda edición de un evento que gira alrededor del caballo, con un concurso de TREC (Técnicas de Rutas Ecuestres de Competición) como hilo conductor.

El TREC es una disciplina ecuestre innovadora, de gran éxito en Europa, que se basa en desarrollar técnicas deportivas para la equitación de campo. Los participantes en el concurso de Vellosillo se enfrentaron a un recorrido muy técnico que tuvieron que ir descubriendo con el mapa del terreno y su intuición, encontrando una serie de controles con una ubicación secreta, regulando la velocidad y el esfuerzo del caballo entre cada control. Lo abrupto del trazado y la espectacularidad de la prueba de terreno variado, que recorría el cauce seco del río Caslilla, las lastras del Cantoblanco y las cárcavas, unido a una meteorología extrema, con un calor abrasador, convirtió la prueba en algo épico. Nuestro jinetes segovianos han vuelto han demostrar su valentía y tesón.

La Fiesta del Caballo de Vellosillo ha aglutinado también experiencias con caballos para todos los aficionados, combinando espectáculo y belleza. La organización, compuesta por 40 voluntarios, fue realizando con ritmo trepidante exhibiciones de doma y salto, paseos gratuitos en caballo y poni, y una Feria de Caballos, donde se ha podido contemplar y obtener información sobre algunos de los mejores caballos y potros a la venta en el nordeste de Segovia, una zona idónea para la cría y entrenamiento de caballos.

Varios artesanos locales daban a conocer su trabajo en la Feria de Muestras que ha organizado por primera vez los promotores del evento, en una zona reservada para ello junto a la pista de equitación artificial en el frontón del pueblo, demostrando que la industria del caballo puede ser un vector importante en el desarrollo local de una economía sostenible, uniendo tradición e innovación.

El evento ecuestre, sin igual en la zona, ha estado organizado por dos de las asociaciones más activas e innovadoras de Segovia, la Asociación de caballistas del nordeste, que trata desde hace cuatro años de desarrollar una industria del caballo en la zona, y la Asociación de vecinos de Vellosillo, una organización vecinal que gestiona el pueblo de Vellosillo y su territorio desde hace más de 50 años.

En la categoría de iniciación conseguía su primera victoria en un TREC, Alvaro Olmedilla, uno de los jinetes con más proyección en la zona, montando a un potro de cuatro  años en fase inicial de doma, Elipse. Le seguía en el podium, Angela Nava con Apolo, un potro de 4 años con el que está consiguiendo muy buenos resultados en los concursos de doma y salto. Cerraba el podium, Ayla Gutierrez con su explosiva yegua Lady Daga. Estos tres jinetes de Yeguada Riaza protagonizaron la espectacular exhibición de salto en la que los caballos entraban a galope por la calle del frontón para enfrentar un único salto situado en la pista de arena.

Angel Agueda realizaba una exhibición de doma clásica, seguido por Ainhoa Iglesias que asombraba a todo el público montando a la amazona a su yegua Doña Gitana, realizando ejercicios de alta escuela y doma vaquera. Completó la mañana, una escena de teatro, creada por Sepúlveda Viva, basada en un personaje histórico vellosillano del siglo XV, Alvar Rodriguez de Vellosillo.

En la categoría de promoción, la dificultad de la prueba se había subido de forma importante, parejo al buen nivel de equitación que van alcanzando los jinetes de la zona. La apoteosis llegaba cuando en la entrega de premios el locutor anunciaba el primer puesto  del TREC en la categoría superior para Marina Alcaide y su yegua An-Gelasa, joven promesa local del pueblo de Vellosillo, que con tan solo 13 años a ido ganando algunas de los concursos con mayor reputación, como el Raid de Boceguillas o el recientemente organizado en Cuéllar. El segundo puesto iba para Jose María de Diego con Calcetines, un binomio en muy buena forma, como demostraban en el Raid Internacional de Hornillos, ganando la prueba de 40 kilómetros. El tercer puesto fue para Mario Pastor con Campero, demostrando que es uno de los jinetes con mejor nivel en la zona, al mantenerse en el podium tras la victoria en el TREC de Vellosillo del año pasado.

Publicación original




jueves, 1 de junio de 2017

La malas prácticas del Colegio de Arquitectos de Castilla y León


En estos momentos nos encontramos en el momento de presentar nuestro nuevo proyecto, el que denominamos como Prototipo III, en el Colegio de Arquitectos de Castilla y León. Una vez terminado, tras un intenso trabajo, el arquitecto encargado ha presentado en el Colegio el proyecto el día 30 de mayo.

Hoy, 1 de junio, recibimos un email emitido desde el Colegio, sin texto, simplemente adjuntado un fichero con un documento titulado "Requerimiento de pago".

Esta es nuestra respuesta al correo, por supuesto, una vez abonado el importe, ya que si no es así, no nos permiten continuar con el proceso.
Estimados señores, 

Nos vemos obligados a señalarles que mandar un "Requerimiento de pago" en un correo electrónico, simplemente con un fichero adjunto, al estilo empresa de gestión de morosos, es de una falta de educación y torpeza difícil de igualar, cuando lo que tienen que gestionar son los pagos de los honorarios del arquitecto que hemos contratado y al que estamos pagando puntualmente. Supongo que la posición del COACYLE, COLEGIO OFICIAL DE ARQUITECTOS DE CASTILLA Y LEÓN ESTE, como un monopolio de hecho otorgado por el Estado, les permite suponer que pueden utilizar un lenguaje coactivo contra los pobres promotores que hacemos proyectos, invirtiendo nuestro dinero y esfuerzo, sin seguir ningún tipo de normas de educación y respeto. Me gustaría trasmitir a las personas responsables de su entidad nuestra queja, ante un hecho que consideramos indecente y prepotente, y que no hace sino incentivar el que dejemos de invertir en nuevos proyectos en Segovia.

Atentamente