domingo, 27 de marzo de 2016

Crónicas de las burbujas energéticas (The Archuid Report)




Como regla general, de hecho, cuanto menor es la experiencia de una persona determinada de vivir con energía solar y eólica, más probable es que esa persona compre el tipo de cornucopianismo verde que insiste en que el sol, el viento y otros recursos renovables pueden proporcionar a todos en el planeta un estilo de vida americano de clase media. Por el contrario, aquellas personas que tienen el conocimiento más directo de las fortalezas y limitaciones de la energía renovable -por ejemplo, que viven en hogares alimentados por la luz del sol y el viento, y sin una red eléctrica alimentada por combustibles fósiles para encubrir los problemas de intermitencia- generalmente no tienen tiempo para las declaraciones del cornucopianismo verde, y son los primeros en señalar que depender de la energía renovable significa renunciar a un gran número de hábitos extravagantes que la mayoría de las personas en las sociedades industriales de hoy en día consideran normales.

El activista climático Naomi Oreskes aumentó el alboroto con una diatriba en los medios de comunicación insistiendo en que cuestionar que las fuentes de energía renovable pueden alimentar la sociedad industrial equivale a “una nueva forma de negacionismo climático”. El mismo tipo de retórica ha comenzado a filtrarse a través de todo el “movimiento verde”: una insistencia cada vez más airada en afirmar que las fuentes de energía renovables son, por definición, la única esperanza del planeta, que por supuesto toda la infraestructura necesaria se puede lograr lo suficientemente rápido y en una escala lo suficientemente grande como sea necesario, y que no se le debería permitir a nadie cuestionar estos artículos de fe.

Tampoco cuadran los números para la energía solar y eólica; son tan malos como lo eran para los biocombustibles y la fractura hidráulica. Abundan los ejemplos: la experiencia del mundo real con sistemas de generación de electricidad solar a gran escala, por ejemplo, muestran deprimentes rendimientos de energía neta. Los cálculos de la cantidad de energía que se puede obtener del viento (utilizados para apuntalar la energía eólica) son de hasta dos órdenes de magnitud demasiado altos. Los investigadores que han tomado el tiempo necesario para los cálculos ―estoy pensando sobre todo, aunque no sólo, en el magnífico “Do the Math”, de Tom Murphy― han demostrado por activa y por pasiva, por razones arraigadas en el duro mundo de la física, que las renovables no pueden cumplir con las fastuosas esperanzas que se han puesto en ellas, no pueden alimentar las redes eléctricas. Del mismo modo, las energías renovables son ni mucho menos tan benéficas al medio ambiente como afirman sus más entusiastas promotores. Es cierto que no liberan tanto dióxido de carbono a la atmósfera como la quema de combustibles fósiles ―algo que mis lectores más perspicaces ya habrán sospechado.― Pero los perjuicios ambientales de las modernas tecnologías industriales han sido suplantados por un enfoque mucho más estrecho que pone énfasis exclusivamente en el calentamiento global antropogénico inducido por gases de efecto invernadero, como si eso fuera lo única importante. Las tecnologías necesarias para convertir el sol y el viento en electricidad implican ingentes cantidades de metales raros, disolventes, plásticos y otros productos industriales que tienen su propia huella de carbono (bastante grande, por cierto).

Casi la totalidad de las modernas tecnologías complejas de la sociedad industrial son ecocidas de algún modo, y el hecho de que algunos de ellos se usen para obtener energía de la luz solar o del viento no evita que escondan toda una galaxia de amargos costes ambientales indirectos.

Las cosas podrían llegar ponerse muy feas considerando todo esto, pero nos salva que la economía subyacente de las energías renovables como una fuente de electricidad no es mucho mejor que la de la fractura hidráulica o la del etanol de maíz. Por esa razón, preveo que en unos seis a diez años se iniciarán quiebras y los incumplimientos del pago de las deudas, los bancos comenzarán a perder la confianza en la industria de las anteriormente pujantes energías renovables y todo se vendrá abajo, como pasó con el etanol y está pasando con la fractura hidráulica. Eso va a despejar el camino, a su vez, por lo que sea que traiga la siguiente burbuja de la energía. Mi predicción es que la siguiente será la energía nuclear, aunque eso es una espectacular apuesta para perder dinero, porque cualquier intento futuro de inyectar anfetaminas en el cuerpo comatoso de la industria nuclear no puede llegar muy lejos.

La cuestión no es si el sol y el viento son fuentes útiles de energía; la pregunta es si es posible alimentar con ellos la civilización industrial, y la respuesta es no.

La clave del asunto, y casi todo el mundo mira hacia otro lado, es que el conjunto de hábitos extravagantes relacionados con el uso de la energía que se consideran normales en el estilo de vida de la clase media es, según la frase útil de James Howard Kunstler, un contrato sin futuro. Esos hábitos sólo han sido posibles porque nuestra especie se ha apropiado del carbono (luz solar fósil almacenada durante mil millones de años) y lo ha quemado en una orgía salvaje en los últimos tres siglos. Ahora que la aguja del marcador de gasolina está llegando inexorablemente al 0, la fiesta se acaba. Es tan simple como eso. Así, el asunto ya no es cómo lograr que sigamos teniendo electricidad en el enchufe, sino encontrar la manera de reducir el consumo de energía para que podamos arreglándonos sin la red eléctrica, utilizando microrredes locales y la energía generada en cada casa para satisfacer nuestras necesidades, drásticamente reducidas. No se necesita más energía; necesitamos mucha, muchísima menos. Lo que implica a su vez que nosotros ―sobre todo el quince por ciento de nuestra especie que vive en EE.UU. y en los países más desarrollados y utiliza alocadamente una fracción desproporcionada de la energía y los recursos del planeta, y que producen por ello una enorme fracción del dióxido de carbono que está impulsando el calentamiento global― rediseñemos nuestras vidas y cambiemos nuestros hábitos y estilos de vida para llegar a funcionar con la energía que es la norma para la mayoría de la humanidad.

La clave, algo que obstinadamente se ignora, es que si algo es insostenible, tarde o temprano, no se sostiene 2 . Podemos ―cada uno de nosotros de forma individual― dejar a un lado deliberadamente las absurdas extravagancias de la era industrial mientras aún haya tiempo para hacerlo, o podemos esperar hasta que nos las arranquen a la fuerza de nuestros puños fríos, pero de una manera u otra, desaparecerán. La cuestión es simplemente cuántas excusas encontraremos para la demora, y cómo muchas de las restantes oportunidades para un cambio constructivo pasarán, silbando en el viento, antes de que ocurra. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por tu comentario